Inicialmente se creyó que la crisis financiera se aplacaría con el rescate de los bancos, pero los gobiernos dejaron de tener crédito. Michael Lewis, ex bróker y autor de algunos de los libros más leídos en Estados Unidos, viajó a los países arruinados para comprobar la especialidad local. Pudo ver cómo en Islandia los pescadores que habían decidido probar fortuna en la banca quemaban sus flamantes todoterreno para cobrar el seguro; se metió en las entrañas del monasterio de Vatopedi para testar el colapso moral de Grecia, y asistió al drama de unos irlandeses que quisieron ser ricos por una vez en la vida. El viaje a la ruina no incluye a España, que se ha asomado al abismo.

LUIS M. ALONSO El modo de resumirlo sería decir que todo se debió a la ceguera y a la codicia. Pero en «The Big Short», Michael Lewis, editor de «Vanity Fair», economista, experto en Wall Street de «The New York Times» y autor de algunos de los libros de más éxito de las dos últimas décadas en Estados Unidos, se dio cuenta de que resultaba excitante documentar la brutal crisis financiera desde la perspectiva de aquellos que primero la vieron venir y obtuvieron el mayor beneficio. En «Boomerang», su último libro, desvió el enfoque a Europa y, con ello, el curso tragicómico que han tomado los acontecimientos.

En 2008, se pensó que la crisis del crédito se aplacaría únicamente porque los inversionistas creían que los gobiernos podrían pedir lo que fuese necesario para rescatar a sus bancos. Pero ¿qué pasó cuando los propios gobiernos dejaron de ser creíbles? Entonces la situación económica entró en una fase verdaderamente peligrosa. Los dólares de los contribuyentes sólo detuvieron entonces momentáneamente la carnicería y, al igual que un boomerang, la crisis ha vuelto como si se tratase de un ajuste de cuentas.

Lewis, en un libro conmovedoramente cómico, de 212 páginas, al que apenas le sobra una línea, escribe su diario de viaje a través de las ruinas económicas del globo. Nos introduce en las vidas de los desafortunados y equivocados funcionarios gubernamentales, banqueros y especuladores, quienes avivaron los incendios financieros de 2008 y creyeron ilusoriamente que habían sido apagados por los rescates gubernamentales masivos.

Aunque el viaje incluye Islandia, Grecia, Irlanda y Alemania, en Estados Unidos se ha dicho, sin embargo, que la visita guiada es un poco como ir de excursión a través de las remotas regiones gastronómicas del mundo de la mano de Anthony Bourdain. No se intranquilicen, simplemente es una metáfora. Del mismo modo que el mediático chef televisivo de Nueva York viaja a lugares lejanos a devorar, como si tratase de los mejores manjares, los testículos del alce que comen los inuit o las cabezas de ovejas que tanto gustan a los marroquíes, Lewis levanta acta de sus impresiones sobre la crisis económica dándose un banquete. Al igual que Bourdain con las criadillas, aplica un ingenio mordaz al raro placer de digerir sombríos cuentos económicos y dramas personales. Cada caso es distinto, producto de la temperatura local.

Islandia se volvió loca con la banca. Siendo una nación de pescadores, sus habitantes se creyeron lo suficientemente listos y dotados para la inversión. Demasiado inteligentes y preparados para dedicarse por vida a la pesca o a la fundición del aluminio, las dos actividades productivas esenciales de la isla. No habían obtenido todos sus títulos universitarios y másteres para resignarse a tirar la red al mar y, además, un enraizado sentido varonil islandés del riesgo les guiaba. De hecho, inmediatamente después, la alternativa al descalabro consistió en sustituir a todos los políticos machos por hembras.

En Irlanda se obsesionaron con comprar casas. La propiedad y la abundancia eran el escape para un pueblo acosado por siglos de opresión y explotación terrateniente. Sus habitantes pasaron de muy pobres a muy ricos, exhibiendo una especie de arrogancia gaélica que les llevó a ellos mismos a definirse como «el tigre celta». Lewis lo explica en muy pocas palabras: los irlandeses simplemente quisieron dejar de ser irlandeses.

Los griegos se empeñaron en evitar durante décadas el pago de los impuestos, empezando por el principal armador y terminando por el último empleado. Tratándose Grecia de una nación construida sobre la enemistad, el nepotismo y la corrupción, nadie confiaba en nadie. Allí cada uno era un griego dispuesto a cuidar de sí mismo. Allí, el acatamiento de las normas, entre ellas las tributarias, ha sido tradicionalmente una cuestión de deshonra. Al que cumple lo llaman estúpido.

Alemania, por su parte, se cansó de pagar la factura de la locura. Con un comportamiento colectivo que la ha llevado otras veces a buscarse problemas con los vecinos y siendo un pueblo obsesionado por la limpieza y el orden, los alemanes tienen, a la vez, una especial debilidad por la basura y el caos ajenos. No hay limpieza sin suciedad, ni pureza sin impureza, escribe Lewis. Por eso, viven obsesionados con el desordenado patio de los griegos.

Los pescadores que quisieron ser inversores.
A los tres días de estar en Reikiavik a Lewis le llamaron de la productora de un programa líder de actualidad para que les explicara a los islandeses su propia crisis financiera. Ellos mismos sencillamente no entendían lo que había pasado. Para el autor de «Boomerang», Islandia era una caja de sorpresas, sus habitantes lunáticos y nuevos ricos se habían dedicado a jugar a banqueros y comprar casas y coches a crédito; ahora ante la garantía de poder cobrar un seguro preferían quemar sus Range Rover por la noche antes de embarcarlos con destino a algún punto de Europa donde poder venderlos a cambio de una moneda que aún tuviese valor. Los alrededores de Reikiavik se habían convertido en el averno de los «todoterreno» de alta gama.

Recurriendo a una imagen doméstica, un gestor de un fondo de alto riesgo le explicó a Michael Lewis cómo funcionaba el sistema bancario islandés: «Una persona tiene un perro y la otra un gato. Acuerdan que ambos valen por separado mil millones de dólares. El uno le vende al otro el perro por mil millones y el otro le vende al uno el gato por mil millones. Ahora ya no son dueños de mascotas, sino bancos islandeses con mil millones de dólares en activos nuevos». Es decir, crearon un capital ficticio comerciando entre ellos con valores inflados.

Los bancos locales crecían pero no significaban gran cosa en los mercados internacionales. En Islandia, Lewis se encontró con una nación de pescadores jactanciosos que un mal día decidió reemplazar su amor al riesgo de zambullirse en aguas profundas por la especulación financiera. Para intentar comprender la locura que llevó a un país tan pequeño a acumular deudas equivalentes al 850 por ciento de su PIB, el autor de «Boomerang» cuenta la historia de Stefan Alfsson, el capitán de un barco que tras 30 años de dedicarse a la pesca pasó a convertirse en un operador de moneda. Despedido y arruinado por la crisis bancaria de 2008, Alfsson reaccionó simplemente encogiéndose de hombros: «El que no se arriesga no atrapa peces». La versión española del dicho ya la conocen.

En la cuna de las mates.
Lo de Grecia hay que verlo de modo distinto. Allí, el protagonista de la ruina no fue específicamente el sistema bancario, que tuvo la precaución de evitar los activos tóxicos con préstamos de alto riesgo, pero sí, en cambio, la mala suerte de confiar créditos peligrosamente grandes a un gobierno que nunca abrigó la esperanza, o, probablemente, la intención de poder pagar sus gigantescas deudas. En Grecia, al contrario que en otros lugares, los bancos no hundieron al país; el país hundió a los bancos. En realidad fue la peculiar manera de entender el erario lo que acabó con todo. En el momento en que estalló la crisis, el empleado promedio público ganaba el triple que su equivalente del sector privado, y las nóminas de las empresas estatales, como las del ferrocarril nacional, superaban cuatro veces los ingresos anuales por este tipo de transporte.

En griego hay, además, dos palabras para definir el debilitamiento de las finanzas públicas: fakelaki y rousfeti. Fakelaki significa sobrecitos, sobornos; rousfeti, favores políticos. Estos últimos prevalecen en todos los ámbitos, desde el de la educación hasta el de contratar polémicas operaciones inmobiliarias con monjes ortodoxos. Precisamente para ilustrar la magnitud del colapso moral, Lewis viajó al antiguo monasterio de Vatopedi, encaramado sobre el mar Egeo, donde pasó tiempo con los religiosos cuyos bienes raíces y operaciones fraudulentas con tierras del Estado ayudaron a derrocar a un gobierno.

El pecado original.
Para explicarse por qué Irlanda llegó adonde llegó se han barajado todas las teorías: la eliminación de las barreras arancelarias, la decisión de ofrecer una enseñanza superior pública gratuita y el tipo de gravamen bajo en el impuesto sobre sociedades introducido en la década de los ochenta, que convirtió a Irlanda en un paraíso fiscal para las empresas extranjeras. La firme voluntad de resarcirse de la pobreza y la penuria hizo de los irlandeses «tigres celtas». Pero Lewis considera que la más interesante de las explicaciones es la que ofrecieron un par de demógrafos de Harvard, David E. Bloom y David Canning, con su teoría de la anticoncepción. Estos dos profesores sostenían que una de las causas principales del boom irlandés era el espectacular aumento del ratio de hombres irlandeses en edad de trabajar con respecto a los que no lo estaban debido al tremendo descenso de la tasa de natalidad. Había de este modo una correlación inversa entre el sometimiento de la nación a los edictos del Vaticano y su capacidad de salir de la pobreza. Es decir, de la muerte lenta de la Iglesia católica irlandesa habría surgido el milagro económico.

Fuera lo que fuese, el caso es que en Irlanda, un país despoblado por las inmigraciones y cuya tercera parte de sus habitantes vivía todavía en la década de los ochenta por debajo del umbral de la pobreza, experimentó un crecimiento exponencial que hizo creerse a los irlandeses unos genios. Los políticos utilizaron también como reclamo esa vena hasta el momento desconocida de sus compatriotas para las finanzas.
Irlanda pasó de ser un pueblo inmigrante a un país de acogida: miles de polacos desembarcaron para trabajar como obreros de la construcción en la quimera del ladrillo. Todo el mundo se hizo promotor inmobiliario. Cuando la magia dejó pasó a la realidad, los vigilantes del parking por intervalos cortos del aeropuerto de Dublín se dieron cuenta de que los ingresos bajaban escandalosamente. Entonces, como cuenta Michael Lewis, se percataron también de que los vehículos estacionados eran siempre los mismos. La Policía rastreó la identidad de los automóviles hasta averiguar que pertenecían a los trabajadores polacos que los habían comprado con dinero prestado a los bancos irlandeses y posteriormente abandonados cuando se quedaron sin trabajo. El Banco de Irlanda envió recaudadores a Polonia a ver si podían localizar a los polacos titulares de los vehículos y recuperar la mayor parte del dinero posible. «Excepto por sus coches, estacionados en el aeropuerto, era como si no hubiesen existido nunca», cuenta el autor de «Boomerang».

El fuerte patriotismo es otra de las causas de que el desafiante «tigre celta» se haya convertido finalmente en un gato mohíno. Lewis en seguida supo darse cuenta de que los políticos perdían demasiado tiempo en el Parlamento repitiéndolo todo dos veces, una en inglés y otra en gaélico, cuando todos hablaban perfectamente el primer idioma y sólo se defendían a duras penas con el segundo.

La limpieza y la suciedad. - El recorrido a través de la economía más dinámica de Europa, la alemana, parece de todos el que menos perspicacia arroja. Cautivado por la obsesión del país con la limpieza y la fascinación por la suciedad de otros, Lewis se pregunta sin encontrar explicaciones por qué una nación tan organizada continúa apoyando a sus socios manirrotos del euro. Pero no acaba de concretar por qué los alemanes se esfuerzan tanto por mantener fracturada a la Unión Europea, probablemente una de las claves para entender la trágica zozobra de los últimos tiempos.

En el viaje de «Boomerang» hay muchos personajes pintorescos pero ninguno tiene madera de héroe y en una era de capitalismo disfuncional, Lewis recuerda que los ganadores pueden ser tan desquiciados como los perdedores. Lo más parecido al triunfador es el tipo que se encuentra en Dallas, un gestor de fondos de alto riesgo, experto mundial en balances soberanos, que amasó una fortuna apostando contra el mercado de bonos ligado a hipotecas subprime. El tejano que predijo que la crisis de 2008 podría volver para derrocar gobiernos se llama Kyle Bass y recomienda como únicas inversiones seguras el armamento y el oro en lingotes, no el de futuro. Lewis lo visitó para volver a oírle decir que en Irlanda el déficit anual, en aumento, era veinticinco veces superior a la recaudación nacional, y que en Francia y en España se situaba diez veces por encima. Semejantes niveles de endeudamiento sólo podrían desembocar en la quiebra. «Creo que sólo hay una salida para estos países. Empezar a generar un superávit presupuestario real. Eso pasará cuando me salgan monos del culo», dijo expresándose como lo haría un tejano que observa el mundo desde su azotea. Cuando Lewis lo conoció, Bass acaba de comprar sus primeras permutas de incumplimiento crediticio en los países que él y su equipo de analistas consideraban que tenían mayores probabilidades de no poder desquitarse de su deuda: Grecia, Irlanda, Portugal, Italia, Suiza y España.