La Música con Violencia en México
La Música - La idiosincrasia de la violencia del narcotráfico ejerce su influencia en los hogares mexicanos a través de la música que exalta las "hazañas" de los capos, además de la veneración de santos "protectores" del crimen organizado y una profusa iconografía de armas, sombreros y lujosos vehículos.

El mundo del narcotráfico en México pende entre la cruda realidad de los miles de asesinatos que se cobran cada año las pugnas entre los cárteles y el gobierno, y el mito de hombres con chequeras inagotables, poder territorial, honor, fama y mujeres.

ImageEspecialmente en algunas zonas del norte y centro del país, los capos mexicanos son vistos en algunas ocasiones como valientes hombres con vidas fantásticas y misteriosas que tienen la capacidad de financiar cualquier capricho extravagante y realizar proezas homéricas.

Jefe de la nueva mafia / a lo bueno acostumbrado / lo apasionan las mujeres / los corridos y los carros / también los cuernos de chivo (fusil AK47) / es un hombre de cuidado", reza la letra de "El diamante negro", una canción de la popular banda de música Los Tucanes de Tijuana.

Los llamados "narcocorridos" son un género musical en sí mismo en México, y sus intérpretes cantan alabanzas a los jefes de los cárteles de la droga, en los que se entrevén incluso amenazas veladas a las autoridades y a la prensa.

"Soy el jefe de jefe señores / me respetan a todos niveles / y mi nombre y fotografía nunca van a mirar en papeles / porque a mí el periodista me quiere / y si no mi amistad se la pierde", cantan los legendarios Tigres del Norte.

Los capos mexicanos toman ejemplo de los códigos de honor de las mafias italianas y respetan una estricta jerarquía donde la religión viene en primer lugar, lo que revela su personalidad supersticiosa.

Estos temibles narcotraficantes se encomiendan a menudo a la Santísima Muerte, cuya imagen incrustan en las cachas de oro de sus pistolas.

El culto a la Santísima Muerte, un esqueleto vestido a imagen y semejanza de la Virgen de Guadalupe, ha tenido un "boom" en los últimos años en diversas regiones de México pero sobre todo en la frontera norte con Estados Unidos, donde los fugitivos o encarcelados jefes de la cocaína la veneran.

Cada 31 de octubre, los fieles de esta imagen, que se consigue fácilmente en mercados callejeros y puestos de revistas de barrios populares, hacen fiestas con música de mariachi, comida ... y bebida para agradecerle algún favor recibido.

El culto a la Santa Muerte o "Niña Blanca" comenzó desde principios de los años 40 del pasado siglo en barrios populosos de la capital mexicana, y después se extendió a todo el país, donde se reverencia en capillas improvisadas en las calles.

Otro estandarte de la religiosidad de la violencia es la veneración de Jesús Malverde, el llamado "Santo de los narcos", cuya imagen aparece continuamente en los domicilios allanados por la policía antidrogas y al que muchas personas le atribuyen milagros.

Malverde o el "Bandido Milagroso" es representado como un típico hombre norteño, blanco, con bigote oscuro, cejas pobladas, camisa blanca, pelo negro corto y una pañoleta del mismo color cerrada en un nudo alrededor del cuello.

El origen de esta figura, que se adora en Colombia, México y Estados Unidos, es impreciso, pero, según la leyenda, se trata de un ladrón que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y que se ocultaba tras hojas de plátano.

A estas dos figuras se les levantan altares y se les deja ofrendas de licor y marihuana, lo que muestra que su devoción no requiere de ética, ante la carencia de un compromiso moral de buen comportamiento para ganarse el favor de los santos, a los que simplemente se le dan dádivas para obtener su protección.

Maletines con dólares, estuches de guitarra que guardan armas, camionetas blindadas, jets privados y avionetas son otros dominios del "narco", como se le refiere en abstracto a los traficantes mafiosos en México.

Particularmente las armas son un lugar común del fetichismo narcotraficante, ya que se han encontrado pistolas que tienen culatas de oro e incrustaciones de diamantes y de esmeraldas, y rifles de asalto bañados en pintura dorada.

Contra este ejército de hombres supersticiosos, adinerados e irreverentes que trafican por los desiertos mexicanos luchan las fuerzas de seguridad del Estado, en una guerra que se ha cobrado ya la vida de unas 1.200 personas en lo que va de año.