Indocumentados
Por Rosa Albina Garavito Elias de Mexico

Indocumentados Mexicanos - No me refiero a los 6.4 millones de migrantes mexicanos indocumentados que residen en EU, sino a los asalariados que en México son contratados con empleos inestables, ingresos insuficientes y sin derecho a la seguridad social. El fenómeno de precarizar las relaciones laborales se ha extendido de manera explosiva por todo el mundo durante los últimos 25 años, y México no podía ser la excepción. Sin embargo pareciera que los sindicatos, las fuerzas políticas y los gobiernos están enfrentando los desafíos de esta recomposición del mundo del trabajo, impávidos y hasta con cierta complacencia.

Por ejemplo, en el cuarto Encuentro Empresarial de los Jóvenes de Coparmex, el secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz, declaró que el reto del empleo lo tendrán que enfrentar los jóvenes, "porque yo ya me voy a jubilar"; y en relación con las protestas multitudinarias en Francia contra la pretensión de imponer a los menores de 26 años contratos que permitan el despido sin responsabilidad alguna para el patrón, Gil Díaz dijo que los jóvenes franceses no entienden que la flexibilidad laboral "es lo mejor para ellos". Sin duda a prejubilados millonarios, como el secretario de Hacienda, les tiene sin cuidado la precariedad en el empleo que impide condiciones de vida dignas a millones de trabajadores.

Triangulación, subcontratación, exteriorización, outsourcing, son algunos de los términos utilizados para nombrar procesos de trabajo y de producción que se realizan de manera segmentada en el tiempo y en el espacio, y aunque corresponden a la misma unidad de producción (en cualquier sector de la actividad económica), ésta aparece con diferentes razones sociales según sea la etapa del proceso.

El objetivo de esta segmentación de los procesos es el abaratamiento de los costos de producción, mediante la flexibilización en el uso de la fuerza de trabajo que demandan las tecnologías modernas. Y en ese abaratamiento, la eliminación de la estabilidad en el empleo y de prestaciones como la seguridad social (salud, vivienda, pensiones), es uno de los objetivos de la nueva organización del mundo del trabajo. O mejor dicho, no tan nueva pero sí cada vez más extendida. De esto trata el libro Relaciones triangulares del trabajo, publicado por el Centro de Estudios de Derecho e Investigaciones Parlamentarias de la Cámara de Diputados y por la Fundación Friedrich Ebert, que reúne las colaboraciones de destacados especialistas en la materia, y a cuya presentación fui invitada como comentarista el miércoles pasado.

El resultado de estos procesos de segmentación es que el mundo del trabajo se ha llenado de máscaras y disfraces. Donde antes había asalariados ahora surgen los trabajadores por honorarios, a quienes por supuesto se les niega su derecho a la estabilidad en el empleo, y a las prestaciones. Si anteriormente los honorarios eran la forma de pago para el libre profesionista, - esto es, un prestador de servicios altamente calificado y creativo-, hoy se pagan honorarios por cualquier tipo de trabajo rutinario. Este tipo de trabajadores ha crecido de manera explosiva, no sólo en el sector privado sino también en el sector público. En el primer caso se trata de abatir costos laborales para generar mayores ganancias; mientras que en el segundo el objetivo es reducir el gasto público para cumplir con los requerimientos de la austeridad; además, el uso de esta modalidad no hace distinción entre signos políticos de los gobiernos.

Otra de las figuras que enmascara la relación entre asalariados y patrones, en las formas laborales imperantes, corresponde a los trabajadores por cuenta propia que son contratados para determinadas tareas con especificaciones precisas por alguna empresa; en ese caso el salario se disfraza de ¡ganancia! Si antes estaba claro que la ganancia era el pago al capital, hoy el microempresario o trabajador por cuenta propia no es más que el eufemismo para nombrar a quienes realmente están subordinados a la relación con un patrón disfrazado de comprador de sus bienes o servicios, que por lo regular impone jornadas a destajo y pago por obra determinada. La ilusión de ser un trabajador independiente termina al enfrentar la cruda realidad de que para él no existe ninguna prestación.

Y si las anteriores son algunas de las máscaras del mundo del trabajo que esconden relaciones laborales bajo figuras del derecho civil y mercantil, una de las formas más crudas y aberrantes son las empresas constituidas por abogados cuyo objeto mercantil es el alquiler de mano de obra acompañado de la garantía de cero conflictos laborales. En el mencionado libro se cita el caso de Perú, donde existen cooperativas con ese fin. En este y en general, en la mayoría de los casos de subcontratación, no se registran violaciones a la ley; a pesar de la indefensión en que quedan los trabajadores así contratados.

La precariedad laboral y el aumento del desempleo han debilitado y provocado que los sindicatos se muestren complacientes con la figura de la subcontratación. A ello hay que agregar la franca complicidad de los contratos de protección, que en nuestro país significan 85% del total, la cual se extiende a las mismas autoridades laborales. Y si esta ha sido la manera de abatir costos en un mundo globalizado, en el caso de los países subdesarrollados es evidente que la competitividad que así se logra tiene pies de barro. No obstante, los mismos gobiernos alientan estas formas de organizar procesos de trabajo y de producción para atraer la inversión extranjera.

A pesar de que la precarización del trabajo es un fenómeno mundial, es necesario desarrollar análisis y diagnósticos nacionales, así como las propuestas que logren la protección de los derechos sociales, a menos que se acepte que esos derechos sociales ya son cosa del pasado. Hasta ahora la OIT no ha avanzado en la idea de elaborar un convenio internacional en la materia. Sin embargo, en el libro mencionado aparecen propuestas interesantes. Por ejemplo, la de Arturo Alcalde: si este tipo de trabajadores no están protegidos por un contrato colectivo, entonces elévese el piso mínimo de la ley para lograr darles cobertura, o que se ciudadanicen los derechos sociales que hoy no se pueden alcanzar en la esfera laboral. La universalización del derecho a la seguridad social sería una de las vías. Sin embargo, lo que está presente es la tendencia a privatizar ese derecho.

Y a pesar de que este fenómeno está afectando la vida de millones de trabajadores en nuestro país, parece inexistente en el mundo de las campañas electorales de los candidatos presidenciales. Así sucede; los trabajadores indocumentados son invisibles hasta que se manifiestan en las calles por millones, como en Estados Unidos, como en Francia
 
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